El cartel rojo intenso de la puerta iluminaba la calle oscura y tenía un efecto teatral en las personas que se movían en el mundo de la noche. En aquel cartel luminoso se leían unas letras: Criolla. Ya había llegado. La Criolla era el bar más popular de Barcelona y se encontraba en la calle del Cid. Una calle muy sucia, no sabría decir si era por la gente que la frecuentaba o sucia de por si. Mucha gente me había explicado que siempre iba la misma gente, tanto en invierno como en verano. En la cola chicos muy repeinados con camisa y tatuajes bebían cerveza y cantaban alegremente rompiendo en silencio de la calle. Un aire carnavalesco se respiraba dentro de la Criolla. Allí se mezclaban marineros, prostitutas y los hombres que frecuentaban el bar de ambiente de enfrente de la Criolla, el Cal Sacristà. La música retumbaba en las paredes de la vieja fábrica, ahora reformada. Las señoritas bailaban encima de las palmeras, no sabría decir la edad que tenían, según me dijo un hombre que observaba una de ellas con una copa en la mano “Solo parecen jóvenes la primera semana que llegan a la Criolla”. Seguí mirando atentamente, al fondo, un marinero se besaba apasionadamente con una prostituta que bailaba encima de una barra y pensé que esa noche ella no pararía hasta sacarle el último duro. La chica que tenía más cerca, creo que la llamaban Milagros, tenía una cicatriz en la espalda, le pregunté quien le había hecho eso, iba tan drogada que no me supo decir quien. Los hombres bailaban pegados unos con otros. El ambiente de aquel lugar era de sueño onírico, donde no existían reglas y la cocaína era la reina del baile.
viernes, 24 de abril de 2009
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